miércoles, 20 de octubre de 2010

Caminar como pensar


EL PAÍS, domingo 25 de julio de 2010.

Caminar como pensar
CÉSAR ANTONIO  MOLINA

El camino  es camino mien­tras se está en camino: I el estar en camino guía e ilu­mina, I trae y dicta". Son unos ver­sos de Heidegger correspondien­tes a su poema A los mortales pa­ciencia. ¿Por qué durante siglos el hombre no ha dejado de caminar a pesar de que, en apariencia, ya no le es necesario? Barcos, avio­nes, trenes de alta velocidad, co­ches con todas las prestaciones inimaginables y, sin embargo, el hombre camina, camina, sigue ca­minando en busca de un miste­rio. Peregrinatio (per ager) signifi­ca ir por el campo, al aire libre. Hajj en árabe equivale a "ir a" sin precisar dónde. En India tirtha es vadear un río. Peregrino es siem­pre alguien que deja su casa y se va a otro lugar en busca de algo diferente. Los caminantes más te­naces, tercos, son los sadhus, asce­tas peregrinos. Recorren India a pie durante periodos de 12 años. Caminar, caminar, a La Meca, al Ganges, a Delfos, a Eleusis o a Ro­ma, Jerusalén o Santiago. Cami­nar por un sentido religioso pero, también, por el simple hecho de encontrarse consigo mismo en el camino.

El hombre contemporáneo ne­cesita salir, irse del ruido, de lo superfluo, recuperar el silencio. Los      peregrinos que van a La Me­ca, a la entrada en el territorio sagrado, después. de ponerse el ihrame, una prenda de vestir que los santifica, pronuncian la pala­bra labbayka: "Aquí estoy ante Ti". Los peregrinos laicos que van hacia cualquier parte del mundo,  muchos de ellos siguiendo anti­guas rutas sagradas como la de Finisterre, en Galicia, en el fin del mundo conocido durante siglos, pronuncian la frase ''Aquí estoy ante Mi". Ante mi soledad, ante mi destino, ante mi mismidad.

Reflexionar sobre uno mismo no es fácil ni sencillo, no hay tiem­po y demasiadas tentaciones inú­tiles para perderlo. Caminar no es buscar el misterio en lo ajeno sino en lo propio. Y de lo propio también forma parte el paisaje y los símbolos ancestrales. Ríos, montañas, cuevas, mares. Tras las grandes creencias de los fun­dadores y santones se hallaba la naturaleza omnipresente. Ya Ho­racio, en su epístola primera, de­cía que se podría echar a la natu­raleza a empujones que, una y otra vez, regresaría. Santiago de Compostela (del campo de las es­trellas) es la más importante de las estaciones pero no la definiti­va, no la meta. Esta se encuentra en los acantilados de la mar tenebrosa, pocos kilómetros más allá. Los peregrinos de Jerusalén se lle­vaban de Tierra Santa además de reliquias -por lo general falsas-, ramos de palmera, lo que les valió el nombre de palmeros. Los rome­ros que iban o regresaban de Ro­ma poseían como distintivos pe­queñas placas con los bustos de los apóstoles Pedro y Pablo. Por otro lado, las conchas marinas han acompañado siempre a los peregrinos de Santiago.
Caminar, caminar solitario por el mundo, la más de las veces     de manera voluntaria y confor­me;  mientras otras, como le su­cedió a Arthur Rimbaud, de for­ma nómada y gratuita: "Debo pa­sar el resto de mi vida errando, llevando a cuestas el cansancio y las privaciones, con la única esperanza de morir desespera­do", deja escrito en las Cartas abísinias. Pocas quejas en los epi­tafios de los peregrinos. Duran­te siglos se enterraban juntos, cada uno con sus sayales y adita­mentos. Carlomagno, según las crónicas, fue sepultado en Aquis­grán con el zurrón de peregrino. Pero para mí la tumba más emo­tiva de un caminante es la del danés Jonás. En la losa sepul­cral (del siglo XIV) se dice que, en el curso de su vida, caminó por tres veces a Roma, dos a Je­rusalén y tan solo una a Santia­go. Por lo tanto, Jonás debió pa­sarse gran parte de la vida cami­nando. La vida como camino, el camino como una filosofía de la vida. El camino de las estrellas, en Belén o en Santiago. La repre­sentación de la vía de las estrellas como ruta hacia el cielo está impreso en la memoria antropo­lógica de la humanidad: Via sa­cra, íter stellarum, la via lattea. Palmas, veneras, ramas, pie­dras, aguas, la naturaleza acom­pañando y protegiendo al cami­nante. Soledades compartidas en los peligros. Pero el mayor peligro es la alienación en un mundo masificado y sin sentido.
   
Caminar, caminar para saber y aprender a vivir con uno mis­mo, el más difícil compañero. No viajamos solos, finalmente, sino con nuestro otro yo, menos transigente. O, si se prefiere, más intransigente con nuestros defectos y pasiones. Caminar es dialogar con uno mismo, cuan­do la palabra ha quedado flotan­do ante los millones de imáge­nes en suspensión, cuando la pa­labra ha sido vituperada. Un nuevo, más bien viejo lenguaje: el de los caminantes, el del soni­do de sus pasos ascendiendo montañas, vadeando ríos, dur­miendo a la intemperie. Vivir mucho al aire libre, al sol y al viento. Como Thoreau, soy parti­dario del bosque y de la pradera, y de la noche, cuando se escu­cha crecer el maíz. ¿Por qué re­sulta a veces tan difícil elegir el camino? Caminar, caminar como Jonás. En el relieve de su lápida tiene un rostro juvenil, en la mano izquierda porta una pal­ma, en la derecha un cayado, y sobre su vientre una gran con­cha. Parece etéreo, como un án­gel o como Hermes. Los pies, un poco curvados, como dicíendo­nos que su camino no ha termi­nado, o que quizás aquí ya lo vio todo, aunque todavía le quede el más allá de esa vía de las estre­llas. Caminar, caminar hacia una loca sancta, que cualquier lugar de la naturaleza por otro lado lo es. Todo el mundo es un santo lugar, todo ser humano es una persona santa. Caminar, ca­minar hacia el santo lugar que está en uno mismo, respirar el aire puro y el silencio como peni­tencia, como éxtasis. El gnóstico Basílides acusaba, en el siglo II, a las gentes de hacer negocio de cualquier cosa, incluso de empa­quetar el aire y venderlo. Duchamp lo enfrascó y se lo llevó a Nueva York para ofrecerlo como obra de arte. Julio Camba, en medio de la Sexta Avenida, tam­bién pensó en el buen negocio que tendría aquel industrial que supiera embotellar el silencio.

 Caminar, caminar y las certe­zas de la fe dejarlas para quie­nes las necesiten. El escepticis­mo y la fe. El médico humanista Hieronymus Münzer se detuvo ante la tumba del Apóstol Santia­go y, al no poder certificar cientí­ficamente que aquel era el cuer­po del seguidor de Cristo dijo: "Sola  fide credimus, que Salvat nos homínes". Sola fide. Y para el resto su propia convicción. Ca­minar como pensar, libres en medio del día claro, libres en me­dio de la niebla densa, con desti­no o sin él, hombres y mujeres. Fue precisamente una mujer, una tal Egeria, la que se convir­tió en una de las primeras pere­grinas occidentales que visita­ron Jerusalén. Procedía proba­blemente del noroeste de la pe­nínsula Ibérica, de Galicia, y en el siglo V atravesó toda la cuen­ca mediterránea hasta llegar a Tierra Santa donde visitó los lu­gares del Antiguo y del Nuevo Testamento. Jonás, Egeria, e infi­nidad de caminantes de todas  las épocas contemplando lo mu­cho que ha levantado el hombre y lo más que ha destruido su ava­ricia y su soberbia. Caminar, ca­minar sobre el ojo de un puente gótico o por entre las muescas del laberinto en la pilastra dere­cha del pórtico de la catedral de San Martino de Lucca, y alcan­zar en Betania la tumba de Láza­ro. Descansar allí, conocedores de que el mejor yacer es el no resucitar.

Caminar hacia cualquier lu­gar, escépticos o con fe; hacia cualquier meta, sagrada, laica o pagana. Caminar para calmar­nos de la vida. Caminando uno se calma de sí mismo, nunca se cura. Caminar no es huir. Inten­tar escapar de uno mismo es un fracaso seguro, sería como corte­jar el desastre. Deambular, cami­nar y ese caminar como una or­den más antigua y honorable que la caballería. Nos aferramos a la tierra, ¡qué pocas veces as­cendemos! Caminemos con unos y con otros, pues qué distante está todo camino cercano. Caminar como pensar. El estar en camino guía e ilumina, trae y dicta.
César Antonio Molina es escritor y fue ministro de Cultura.






No hay comentarios:

Publicar un comentario